Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Carmen Pellicer

Conocer a los aprendices

Todos tenemos una historia como aprendices. De pequeña, mi madre me prohibía leer comics y novelas por una buena razón: sustituían invariablemente a cualquier tarea considerada útil o propia de mi género,  y por eso me escondía debajo de la mesa camilla de la salita con una linterna para acabarlas, o me encerraba en el baño, o incluso las pegaba dentro de los libros de clase, que me parecían mucho más aburridos, mis libros, mis historias, los cuentecillos de Calleja, los libros de mi padre, los tebeos, que leía despacio para que duraran más.

Mi primera memoria del aprendizaje fuera de la escuela es la lectura de todo lo que caía en mis manos y tenía una historia,  que me fascinaba y absorbía. Recuerdo con mayor viveza todos aquellos relatos y mucho menos lo que hacía en las clases.      

El aprendizaje es más eficaz cuando somos capaces de generar contextos que estimulen y optimicen el desarrollo de cada niño, de la forma más personalizada posible. El primer elemento que necesitamos conocer es ‘la materia prima’, cómo llegan nuestros alumnos, que traen al aula, que abanico de posibilidades, pero también de condicionamientos necesitamos diagnosticar previamente a la planificación de los procesos de intervención explícita.

Cada alumno es único, aprende de forma diferente, reacciona distinto a los estímulos y las experiencias de aula, presenta comportamientos muchas veces contradictorios, gustos, preferencias, sentimientos y reacciones que nos resultan complejos de comprender a los docentes.

El tiempo que invertimos en conocerles bien, especialmente al comienzo de los procesos didácticos, nos permite discernir las mejores maneras de llegar a cada uno de ellos.

Una parte de ese conocimiento está vinculado a nuestra capacidad para decidir cuándo un alumno está preparado para afrontar cada aprendizaje, y su nivel de desarrollo físico, psicológico y emocional es el adecuado.

Determinadas características y posibilidades se desarrollan en edades concretas de forma privilegiada, y si no se estimulan adecuadamente, perdemos nuestra oportunidad. Y, al contrario,  todos los profesores hemos tenido la experiencia alguna vez de afrontar contenidos curriculares demasiado complejos que generan  muchos problemas cuando tenemos que dedicar muchas energías a que aprendan contenidos que dos o tres años más tarde podrían comprender en pocas horas. O aprendizajes irrelevantes, mecánicos, o excesivamente simples que aburren a los alumnos y hacen que se generen actitudes defensivas.

La adecuación del nivel de desafío al momento y potencial de cada alumno es clave para que se produzca el aprendizaje profundo. Cuando programamos un curso o una unidad didáctica, hacemos un juicio crítico sobre esa adecuación en términos generales, y decidimos cuál es el grado de dificultad que consideremos adecuado en cada grupo o nivel.

Estar atentos a las necesidades evolutivas de los alumnos es importante, y a eso nos ayuda nuestros conocimiento de psicología evolutiva, pero dentro de esa generalidad, nos gustaría reflexionar sobre cómo conocer a cada uno de ellos cuando entran en el aula: dónde y a qué debemos prestar una atención especial y diferenciada; cuál es su ‘temperamento intelectual’, que está condicionado por su historia como aprendices, el bagaje que traen cuando entran a las aulas y con el que tenemos que contar; qué les fascina y les engancha al aprender y qué pueden descubrir a partir de su pasión; qué han aprendido a hacer bien, lo disfrutan y cómo lo han logrado.



escrito el 8 de Enero de 2013 por en Personal


2 Comentarios en Conocer a los aprendices

  1. artemio perez valdez | 05-03-2013 a las 21:13 | Denunciar Comentario
    1

    Me parece por demas intereseante y aplicable a los cursos que un servidor da sobre concientizacion a personas sobretodo mayores, bastante complacido con Pellicer.

  2. Mila | 28-07-2013 a las 14:49 | Denunciar Comentario
    2

    Carmen,
    como tú también fui una ávida lectora furtiva. Con decir que leía el periódico en el que envolvía las mondad de patatas que iba pelando… Y desde mi punto de vista de maestra de Primaria me pregunto qué es lo que harían mis maestros para que yo tuviera esa afición. A mi madre no le gustaba leer, a mi abuela le apasionaba y me llevaba a la biblioteca con ella, primero a cambiar sus libros, más tarde a por los míos. Obviamente, en un pueblecito de provincias, el acceso a la lectura en los años 70 era bastante limitado. Pero algo o alguien hizo que me enganchara.
    Yo quiero hacer lo mismo con mis alumnos y no me sale demasiado bien. Y es que para educar a un niño se necesita toda una tribu y para leer también. podemos hacer todos los malabarismos posibles, pero si el entorno no ayuda, el éxito no será tan rotundo. Debemos devolverle el placer a la lectura y al trabajo del colegio en general. Debemos hacer que nuestros alumnos sean indagadores, curiosos y se lancen a aprender porque lo quieren. Y luego ellos ya nos mostrarán su estilo de aprendizaje.
    Sin duda un largo camino que sí merece la pena.

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