Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Carmen Pellicer

El Coraje intelectual

¡Qué fácil nos parecen las cosas que hacen los demás en la cocina! Me encantan las croquetas de los restos del cocido. Recuerdo como las hacía mi abuela con una facilidad pasmosa, y apenas daba tiempo a que se enfriaran. La primera vez que lo intenté no me cabía la menor duda de que serían geniales, hasta creo que no dejé que se terminaran la carne en la mesa para poder hacer mayor cantidad… Pero la cosa resultó un desastre, y terminó en la basura.

La siguiente vez me sentía tremendamente insegura sobre cómo hacer la mezcla. Dos o tres fallidos intentos más han resultado en una pasta aceitosa incomible. No he vuelto a probar, y ya no sé si mi recuerdo de las proporciones de harina y leche son en modo alguno eficaces y podrían alguna vez producir el resultado de mi infancia.

Ocurre algo parecido cuando aprendemos estrategias nuevas para poner en práctica con nuestros alumnos, que parecen tan sencillas en los power points de los cursillos a los que asistimos, pero que luego en la clase parecen provocar las reacciones contrarias a las esperadas en nuestros alumnos, y muchas veces no volvemos a probar.  También para ellos, aventurarse cada día en cosas desconocidas provoca miedos y desencanto, y, gradualmente, abandono.

El coraje, de la palabra latina, “cor”, “corazón” , es una disposición que asociamos normalmente al valor físico, pero también tiene una dimensión mental que se traduce en la valentía para afrontar desafíos, confiando en uno mismo a pesar de las dudas que puedan tener los otros o de las dificultades que presente la tarea.

El coraje intelectual ayuda a abordar el aprendizaje, haciendo lo que hay que hacer a pesar de los miedos o la inseguridad que uno siente. Convertir en aventura el aprendizaje implica la conciencia del riesgo y el peligro que supone salir de la seguridad de la rutina, pero a la vez esa cierta pasión, ponerle corazón a las cosas que uno hace, y no dejarse vencer por las experiencias previas negativas que hayamos podido tener.

El miedo al fracaso también inhibe la posibilidad de elegir opciones arriesgadas. Una experiencia negativa plantea dos posibilidades: la tendencia a evitar intentarlo de nuevo y jugar sobre seguro, o la tendencia a explorar otras formas de afrontarlo y buscar la recompensa. Todos nos movemos en ese péndulo, pero cada persona parece inclinarse de forma espontánea en una de las dos direcciones.

Algunos alumnos tienen una amplitud de miras y una flexibilidad grande que les permite moverse en un grado de inseguridad razonable. Pero en su vida en la escuela, los alumnos que están en los extremos del rendimiento escolar son poco proclives a asumir riesgos, o incluso a ser creativos de involucrarse en aprendizajes más allá de lo académico. Los buenos estudiantes por miedo a perder la nota o el éxito alcanzado, y los malos porque ya se han instalado de algún modo cómodamente en el fracaso.

Pero, si no son capaces de valorar de forma realista algunos riesgos, es difícil que incluso en la vida intelectual progresen. Para eso es importante dejar que se equivoquen y que cometan errores sin miedo, y después hablar sobre ellos, analizarlos y planificar cómo hacerlo de otras maneras la próxima vez.

Las formas de evaluación escolar tradicionales, la cultura de los exámenes y la preocupación por las calificaciones no les ayuda en nada a asumir riesgos creativos ni a generar ideas originales, sino más bien les empuja a adaptarse al ritmo  y medirse frente a las expectativas de la mayoría del grupo.



escrito el 21 de enero de 2013 por en General


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